Una concentración de vulnerabilidades pide a gritos acción comunitaria. Quizás eso explique el furor asociativo que sacude al barrio. Escribir desde ese furor es ya una forma de cambiar lo que puede ser dicho y visto. Como lo es sacar a la calle la silla de la palabra, atendiendo a la cháchara desafiante de las aceras estrechicas. Puede que se trate de una resistencia pequeña, pero ay cuando además es obstinada. Ay cuando se apropia de un decir nuestro que tiene mucho de muertito y nos lo devuelve (¡al barrio, de nuevo al barrio!) en estado de riesgo. Hay un desafío en las palabras que se juntan como esos dedos “que también son puños”. Hay una falta de miedo y una exigencia: ser miradas desde otro lugar.
Los poemas que aquí se recogen tienen más de una cara, o lados diferentes de la misma. Hay abuelos que mueren dos veces, bebés que se caen de las manos, padres asesinados, zapatos primeros y amantes descalzos. Hay préstamos de cuerpo. No solo porque en cada historia de vida se esconde alguien pidiendo que nos pongamos en su piel, sino porque todo poema es un organismo debajo del cual se arrastran, palpitan y se imponen otros organismos a la deriva.
Del prólogo de Erika Martínez