Tal vez la palabra que más trasluzca un poemario que se vuelve imprescindible es la palabra verdad. Hay en La hija de María García Zambrano una indagación inquisitiva sobre la verdad aséptica y despiadada que respiran los hospitales. A partir de dos epígrafes iniciales de Nichiren Daishonin y de Hélène Cixous, el libro se abre con un poema sin título, a modo de poética, cuyo primer verso nos sitúa en la atmósfera opresiva y angustiada en que va a irse desenvolviendo: «Soy la dulce letanía de los niños muertos en este hospital».
Sin embargo, el libro no es el relato de una enfermedad sino una declaración total de amor: ese amor sin condiciones que explica la plenitud (y la precariedad) de lo humano, el vínculo que construye comunidades solidísimas que se sostienen en el hilo invisible que ata a los neonatos con el pecho doliente del lenguaje y por el que manan gotas de palabras también, a su modo, nutricias.